El Arte del Encuentro en Tiempos de Superhombres

Por Júlio Bernabé

Hace casi una década escribí sobre el vacío existencial de Superman —ese personaje simbólico que intenta cargar con todo él solo, sin necesitar a nadie. Desde entonces, el mundo ha cambiado, pero no tanto. En esencia, las personas siguen siendo muy similares a las de décadas pasadas. El desamparo persiste, aunque cambie de rostro.

Vivimos hoy bajo el peso de una hiperconectividad que nos vincula únicamente con aquello que no nos llena. Genera una nube de humo alrededor de lo que somos y de cómo nos percibimos —y de cómo percibimos lo que nos rodea. En definitiva, no siempre nos conecta.

La promesa de las redes sociales como espacios de encuentro se ha disuelto en algoritmos que refuerzan la performance, la comparación y la creación de un super-Yo —irreal y peligroso. Esa construcción se convierte en una verdad absoluta individual, distorsionando la percepción de uno mismo y de la realidad. Y eso, sin duda, es un aislamiento enfermizo.

La lógica neoliberal se ha sofisticado: ahora no basta con ser autosuficiente —hay que parecer feliz, productivo, resiliente y, sobre todo, “actual”. Y ese ser actual es precisamente quien sigue tendencias que no siempre están a nuestro alcance. Quedarse fuera se ha convertido en sinónimo de debilidad.

Hablar de conectividad, alienación digital y de las verdades y mentiras que circulan por la red se ha vuelto, en mi opinión, una banalidad. Es un discurso repetido por todas partes, donde señalar y definir lo que es verdad o mentira se ha convertido en una práctica común —muchas veces vacía. Discutirlo sin profundidad es girar en círculos alrededor de un tema desgastado por el uso excesivo y la falta de reflexión.

Corresponde a quienes mantienen una visión crítica sobre la humanidad y sus necesidades proponer caminos de intervención. ¿Cómo podemos implicar a las personas que nos rodean en proyectos que realmente nos reconecten con nuestra esencia individual? Tal vez esté en algo sencillo —ir al gimnasio, practicar tai chi en una plaza, ver una película con amigos. Pequeños gestos que nos devuelven a la presencia del otro.

“La vida es el arte del encuentro, aunque haya tanto desencuentro por la vida.”
Vinicius de Moraes (1962)

Esta frase sigue siendo más actual que nunca. En tiempos de desencuentro digital y afectivo, nos recuerda que el encuentro no es solo una coincidencia —es una construcción cotidiana.

Sin embargo, el superhombre sigue firme: ahora con perfil en LinkedIn, sonrisa en Instagram, influencia en X (antes Twitter) y metas en su planner. Pero por dentro, muchos siguen siendo huérfanos de sí mismos, ofuscados por esa nube de humo que los aleja de vínculos reales, de una escucha verdadera, de espacios donde puedan simplemente existir —sin tener que demostrar nada.

La medicalización de la vida se ha intensificado —y hoy va mucho más allá de los fármacos. La búsqueda inmediata de alivio para el dolor y el vacío existencial ha convertido al medicamento en protagonista: valorado por su potencia curativa, pero incapaz de llenar todos los vacíos. Paralelamente, han surgido otros recursos —especialmente digitales— que prometen cercanía y conexión. Grupos de apoyo en WhatsApp, aplicaciones de citas, redes sociales e incluso el teletrabajo ofrecen formas de contacto que, aunque útiles, no disuelven el distanciamiento más profundo: ese que nos separa de nosotros mismos.
La cortina de humo sigue siendo densa. Y los medios que nos ayudan a mirar a través de ella aún no bastan para restaurar el sentido perdido en las relaciones humanas.

“Quién pudiera / Que todo hombre comprendiera, oh madre, quién pudiera / Que el verano fuera el apogeo de la primavera…”
Gilberto Gil (1979)

Estos versos evocan una imagen delicada y poderosa: el verano como plenitud de la primavera —no por fuerza ni conquista, sino por continuidad y esencia. La primavera, con su fragilidad y florecimiento, representa el inicio —el gesto sencillo, el afecto cotidiano, el nacimiento del encuentro. El verano, en cambio, es el ápice, la madurez, el calor que solo existe porque antes hubo brote.

En la metáfora de Gil, el verdadero poder no reside en la fuerza del superhombre, sino en la capacidad de reconocer que la gloria está en lo humano —y que ese humano está representado por la mujer, no como género, sino como símbolo de la alteridad, la sensibilidad, la presencia que nos devuelve al mundo.

“Quién sabe / Si el superhombre nos restituirá la gloria / Cambiando como un dios el curso de la historia / Por causa de la mujer…”
Gilberto Gil (1979)

Aquí, la mujer es el punto de inflexión. Es ella quien posibilita el cambio en el curso de la historia. No por una fuerza sobrehumana, sino por su presencia afectiva, por su escucha, por su capacidad de acoger y transformar. Es el encuentro con el otro —con lo femenino, con lo cotidiano, con lo sencillo— lo que nos salva del vacío del superhombre.

La figura del superhombre, que intenta resolverlo todo en solitario, se desmorona. La salvación no vendrá del superpoder interiorizado, sino de la reconexión con el mundo humano que nos rodea. Y ese mundo está en las plazas, en los cafés, en los abrazos, en las conversaciones entre amigos, en los gestos que no necesitan demostrar nada.

La primavera y el verano son metáforas del tiempo del encuentro. La primavera es el inicio, el gesto. El verano es la permanencia, el calor. Y es en ese ciclo donde la vida encuentra sentido.

Tal vez Superman aún venga a salvarnos —pero no enseñándonos a soportarlo todo en soledad. Tal vez su fuerza esté en recordarnos que el sentido de la vida está en lo humano que nos rodea.

El sentido nace en el encuentro. En el intercambio. En la vulnerabilidad compartida.

Hoy, más que nunca, necesitamos rescatar el valor de las relaciones humanas como espacio de cuidado y reconstrucción. Necesitamos reconocer que el mundo real está lleno de sufrimiento —y eso no es un fracaso. El sufrimiento forma parte de la naturaleza humana. Es parte de la condición humana. Y nadie debería atravesar el dolor en soledad.

“Superman es una metáfora de lo que significa ser humano.
Es un alienígena que intenta encajar, que intenta hacer el bien, incluso cuando el mundo no entiende sus intenciones.”

Zack Snyder, director de Man of Steel (2013)

Esta lectura de Snyder refuerza lo que ya sabemos: Superman es un espejo de nuestras contradicciones. Es el mito de la fuerza que esconde la fragilidad. El símbolo de la salvación que, en el fondo, solo encuentra sentido cuando se humaniza.

Superman, al fin y al cabo, es solo un mito.
Y nosotros, humanos, seguimos buscando sentido —juntos.

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